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viernes, 9 de noviembre de 2012

5 centavos para el peso



Con esta frase, los abuelos definían la frustración que les causaba ver lo cerca que estábamos de alcanzar algo. La frase pasó de generación en generación y muchos la tuvieron que emplear cuando tres de las mujeres más hermosas de nuestro país fueron declaradas virreinas universales de la belleza o cuando el América de Cali cayó en cinco finales de Copa Libertadores.

Son muchos los ejemplos que se pueden dar de esos cinco centavos que nos faltaban, le hicieron falta a Fabio Parra en el Tour de Francia, a Colombia contra Camerún en el mundial de Italia 90, a Nacional y Caldas en la Intercontinental, a Falla en todos los torneos de tenis que juega, a Fabiola Zuluaga en los abiertos que disputó y a Taliana Vargas nuevamente en Miss Universo.

En los Grammy anglo, que son los realmente importantes, también nos quedan faltando, como a Sofía Vergara en los Emmy durante tres años consecutivos. 

Afortunadamente, siempre habrá excepciones a la regla y la siempre bella Luz Marina Zuluaga fue Miss Universo, en una época en la que no se gastaban una cantidad absurda de dinero y las mujeres lucían naturales y bellas, se parecían a las de las fotos cuando eran niñas, misma nariz, mismos pómulos, misma contextura, senos naturales, en fin sus familiares las reconocían aunque dejaran de verlas por largas temporadas.

También fue excepción el gran Gabriel García Márquez, quien logró para Colombia el único premio Nobel de literatura, algo que sólo habría podido emular alguien como Álvaro Mutis por la calidad de su obra. 

Otras dos mujeres, Mariana Pajón y María Isabel Urrutia, han logrado lo inimaginable en los Juegos Olímpicos, las únicas medallas de oro en la historia del deporte colombiano, en modalidades que para nada representan los deportes con mayor apoyo y seguidores en el país.

Hay excepciones como podemos ver, la mayoría son casos aislados y producto de un esfuerzo individual más que de un proceso o trabajo en conjunto con el Estado. Los cinco centavos nos seguirán faltando una y otra vez porque es la forma en que actuamos, es el producto de lo que somos.

Eso sí, en muchos casos no nos faltan cinco centavos, o miremos nuestra sistema de justicia, un caos total en el que la impunidad es favorecida y las leyes se aplican de manera selectiva y de acuerdo a la capacidad económica del implicado, en eso sí somos líderes mundiales.

Qué decir de nuestras ciudades y sus gobernantes. Vivimos en medio de la corrupción más descarada y evidente del mundo, tenemos una inseguridad creciente, una violencia incontrolable, sicariato,  bandas criminales, guerrillas, autodefensas, traquetos y esmeralderos a la vuelta de la esquina. Encabezamos las listas orbitales en cuanto a desfalcos, muertes violentas y violación de derechos humanos.

En ataques con ácido, sin duda, tenemos bien ganado ser parte del nefasto podio.

Como podemos ver, en estos aspectos nos sobran los centavos, los pesos, no tenemos competencia, basta con mirar las estadísticas de denuncias por desapariciones y asesinatos extra judiciales para ver que somos una potencia mundial es este orden.

Proclamamos y le gritamos al mundo las bondades de nuestra democracia como si en el exterior no se dieran cuenta de la situación que vivimos, de los escándalos que a diario se dan por desviación de dineros, tráfico de influencias, conflictos de intereses, carruseles de contratos, homofobia, persecución política y apoyo de grupos armados al margen de la ley diferentes a la guerrilla.

Le damos con todo al gobernante de turno pero ni siquiera el 30% de la población habilitada para votar, ejerce su derecho y le da lo mismo quien sea el elegido.

Que triste decirlo pero con todo el potencial y la cantidad de gente extraordinaria y hermosa que habita en nuestro país, es increíble que seamos más reconocidos por esto último que mencioné, que por el talento, el carisma y la creatividad de un alto porcentaje de la población.

Obvio, a todo esto que vivimos se debe unir nuestra enorme capacidad por copiar lo malo y adoptar cuanta fea costumbre se tenga en el primer mundo.  Traemos cuanta basura este de moda y lo hacemos parte de nuestro entorno. Logramos que el pueblo se mueva indiferente a la verdadera situación, entre novelas, realities, fiestas y carnavales.

No hay peor ciego que el que no quiere ver y para nosotros sí que aplica este viejo refrán. Mientras no veamos que somos parte del problema y que nos corresponde ser parte de la solución, nos van a seguir faltando los cinco centavos para todo lo bueno y nos van a sobrar los millones para todo lo atroz, lo que nos hunde, lo que nos sigue reteniendo y en muchos casos haciendo una sociedad involucionada.

Hasta pronto.

viernes, 2 de noviembre de 2012

La sociedad de las tetas



Las tetas, son algo encantador, en mí caso las prefiero naturales, lo cual no quiere decir que me molesten unas cargadas de silicona, aunque en el caso de éstas, casi todas se vean iguales y lo único que cambie sea su portadora.

Pero no voy a escribir sobre su forma, tamaño, color o cirugías, voy a escribir sobre su poder e injerencia en la sociedad actual. Es increíble, pero hoy un par de tetas tienen más resonancia que una buena idea.

Las protestas se hacen mostrando las tetas y son portada de todos los diarios del mundo. Si quieres salvar una especie en vía de extinción, muestras las tetas y es más efectivo que un vídeo de los animales siendo masacrados. Si quieres vender unas sandalias muestras las tetas y hasta una campaña política amerita mostrarlas como promesa en caso de salir elegida.

Como pueden ver, no estoy exagerando, las tetas se han convertido en una herramienta multifuncional. Mostrarlas es sinónimo de libertad o una forma de enviar un mensaje  a los hombres. También son la forma de conocer a esas mujeres que escuchamos en la radio o leemos en los impresos y que idealizamos en nuestras mentes.

Hoy en día, la creatividad está en mostrar las tetas de la condenada por algún delito, de la campeona en algún deporte, de la invitada a algún reality, de la hija de algún político, de la madre y la hija, de las hermanas, en fin, de lo que este de moda en el momento.

Para algunas, mostrarlas es un sinónimo de rebeldía, una muestra de su irreverencia, una señal de su independencia o siendo hasta poéticos, una oda al orgullo que les genera su belleza.

Esa es nuestra sociedad actual, una en la que los concursos giran en torno a la más atrevida, a la que más muestre, a la foto topless en el transporte público, o en el sitio más concurrido para demostrar de qué está hecha la mujer. Somos tan naturales y abiertos que la verdad no me explicó por qué nos gastamos tanto dinero en ropa.

Estamos pendientes del “descuido” de alguna famosa, del pezón que se salió en la entrega de algún premio, de las fotos de los paparazzi con alguna famosa de vacaciones mostrando sus atributos en la playa o en algún yate. Nos encanta cuando anuncian la posibilidad de un vídeo íntimo que se perdió en el celular de alguna diva o su pareja del momento.

Por favor, no vayan a pensar que estoy haciendo curso del Procurador Ordoñez, para nada, disfruto mucho ver todas esas expresiones que tienen como marco un par de tetas, el body painting, la música sobre los cuerpos, la meditación al desnudo, el yoga sin ropa, la orquesta sinfónica topless de algún país, el estado del tiempo topless, el mardi grass, el Carnaval de Río, etc.

Bienvenidas todas esas ideas brillantes en las que los órganos glandulosos prestan un servicio a la humanidad y se convierten en la voz del que no tiene voz. Bienvenidas las recolecciones de firmas para que alguna famosa nos las enseñe. 

Lo mío no es una protesta, es simplemente una visión personal de la situación. Eso sí, les confieso que me encanta el tema de la sorpresa, de poder descubrir las cosas por mí cuenta, de dejar algo a la imaginación, en tiempos en los que ya es muy poco lo que nos sorprende positivamente.
Hasta pronto. 

viernes, 26 de octubre de 2012

La negación



Casi tan seria como el peor de los problemas, la negación ha sido a lo largo de la historia uno de esos flagelos que afecta a toda la humanidad, sin importar religión, raza, género o partido político.

La negación va más allá del viejo truco de mantenerse firme en una posición como enseñaban los más experimentados, “sí te pillan, dices que nunca lo hiciste, nunca estuviste con esa mujer”, por ejemplo. Esa posición de aferrarse a algo aunque nos hayan cogido en el acto, es sólo la parte anecdótica de este mal.

Sin duda, va mucho más allá que esto, es un estado de autoengaño, de pretender que las cosas no ocurrieron como lo muestran los hechos, de pretender que no se está viviendo ese momento o que simplemente “eso” no nos afectó o no nos puede pasar.

Pasa mucho con las pérdidas, ya sea por el fallecimiento de alguien o por el alejamiento de las personas amadas. Pasa con las adicciones, al no aceptar que se tiene el problema, que se depende de la bebida o de alguna droga, aun cuando cada día se llegue más bajo y se toque fondo.

No necesito extenderme más en explicaciones sobre la negación, seguramente todos la hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. El verdadero problema y por el cual me atrevo a escribir del tema es porque lo increíble es que esta negación sea colectiva y eso, precisamente, es algo que nuestro país está viviendo desde hace rato.

Así es, con el cariño y respeto que todos se merecen, debo decir que no hay una población que disfrute más del autoengaño que la nuestra. Lo nuestro es pretender, es creer que somos más que los bolivianos, ecuatorianos, peruanos y venezolanos por el hecho místico de ser bañados por dos mares y tener tres cordilleras. 

También somos los más inteligentes, creativos, selectos, cultos y llenos de un buen gusto que por lo menos a Bogotá, la ha hecho acreedora del remoquete de “la Atenas suramericana”. Viendo la situación de Grecia en estos días, empiezo a creer que el sobrenombre no está de más.

De la misma manera nos consideramos gurús en temas políticos, tenemos la última palabra en cuanto al destino político de los países del mundo en los que se adelanten elecciones. También creemos que el mundo entero nos espera con los brazos abiertos.

Como lo dijo el gran Zableh en su columna sobre la burbuja, tenemos propiedades que combinan lo mejor de las arquitecturas del mundo, aunque las calles parezcan trochas y nuestro tráfico de vergüenza, tomando lo peor de la India, Tailandia y nuestro toque personal con las interminables zorras.

Vivimos en ciudades rodeadas de cordones de miseria casi tan grandes y con tanta población como las mismas urbes. Tenemos la mejor rumba, los mejores carnavales y reinados y una farándula envidiable que nos deleita con producciones de gran valor histriónico y en las que sobresale la originalidad y la honestidad a la hora de mostrar nuestra realidad.

Nos metemos en la cabeza la idea de que todo está bien y que somos un país que progresa a pasos agigantados sin nada que envidiar a los del primer mundo, de hecho, con más centros comerciales que cualquier país desarrollado.

Tenemos sistemas de salud y justicia que darían vergüenza hasta en el continente africano pero eso sí, somos uno de los países con más usuarios de Facebook y Twitter en el mundo. También de los más felices del orbe, de los que más cerveza consume y de los que puntean la lista de mayor número de días feriados.

Elevamos nuestras oraciones por la suerte de los venezolanos pero nos quedamos durmiendo o viendo televisión el día de nuestras elecciones. Por Twitter ayudamos a cambiar el destino del país y tenemos una “reputación”, el problema es que lejos de un teclado y una pantalla prácticamente no existimos.

Somos de los países con menos hábito de lectura pero sabemos de todo. Nos encanta la política firme y radical, no queremos ninguna misericordia a la hora de acabar con los grupos al margen de la ley pero aceptamos en silencio a quienes han fomentado y patrocinado la violencia, disfrazados de autodefensas que hacen lo que las fuerzas armadas no han podido.

Casi que nos alegra y celebramos la muerte de cualquier vinculado con los grupos guerrilleros pero no le damos la menor importancia a cualquiera de las víctimas de los falsos positivos, para muchos son “daños colaterales” o personas que por vivir en sectores marginales, se convertían en potenciales criminales.

Es definitivo, lo nuestro es la negación, no querer darnos cuenta de la situación en la que estamos, del porcentaje de compatriotas que viven en la pobreza y en condiciones infrahumanas, no aceptar que nuestra indiferencia es una enfermedad, que preocupándonos únicamente por el yo soy, yo tengo, yo quiero, no vamos a generar ningún cambio.

No podemos seguir negando que tenemos lo que nos merecemos, que nuestros congresistas y políticos son el resultado de nuestros actos, son lo que promovemos y lo que pretendemos no ver o escuchar.

Nos sentamos junto a ellos o al bandido de turno, al traqueto o al esmeraldero en el sitio de moda porque lo que importa es que tiene cómo pagar, como sostener nuestros gustos. Los sitios se reservan el derecho de admisión pero permiten el ingreso de cualquier hampón que llegue en una camioneta último modelo, con cadenas de oro colgando de sus cuellos.

Tenemos muchas cosas positivas y la capacidad para cambiar el destino del país pero no lo haremos mientras vivamos en este estado de negación permanente, mientras creamos que este país aguanta todo y siempre sale adelante. 

Si de verdad queremos demostrar que el cuento de los buenos somos más es real, no nos queda otra que empezar por hacer lo que nos corresponde, expresarnos, no quedarnos callados ante cada atrocidad, ejercer nuestro derecho al voto, ser veedores de nuestros gobiernos, denunciar lo que sabemos que no es correcto, no participar en temas que involucren tráfico de influencias, no patrocinar a los delincuentes aunque sean los nuevos ricos del país.

Diciéndonos mentiras los unos a los otros para pretender que vamos bien, lo único que vamos a lograr es dejarles un país en ruinas a nuestros hijos, a los que apenas están empezando su vida.

Por hoy los dejo, con el optimismo de saber que entre todos podemos generar cambios siempre y cuando aceptemos que compartimos los mismos problemas.

Hasta pronto.

viernes, 5 de octubre de 2012

Un día de furia



Es un día cualquiera en la capital colombiana, como en muy pocas ocasiones se respira un aire veraniego que invita a despojarse de las chaquetas, sacos, bufandas y todo aquello que normalmente cargamos los bogotanos para resguardarnos del frío.

Ese sol que invita a la alegría, al positivismo y que genera un ambiente de optimismo, desafortunadamente no basta para contagiar a todos. 

Tan sólo caminando mi ruta habitual hacia la estación más cercana de transmilenio fui testigo de la intolerancia de los conductores, quienes en una calle de barrio, entre conjuntos residenciales, no permiten que una madre afanada cruce una insignificante vía para llevar a sus pequeños hijos al colegio.

Casi con el mismo afán de aquella desconocida me acerqué para intentar ayudarla haciendo señas a los conductores de los vehículos que vienen por esta vía en la que una señal de transito marca una velocidad máxima de 30 kilómetros por hora, por supuesto es más respetada la caja menor del Congreso. 

Pese a que las personas que van al volante en su mayoría son padres y madres como aquella que intentaba cruzar, éstos parecen dispuestos a arrollarla si se atreve a dar un paso más. Que lamentable escena, las comparaciones son odiosas pero en un país del primer mundo el peatón siempre tiene la vía.

Aquí, el auto más que un servicio que genera confort, es un mecanismo de ataque y defensa contra ciclistas, motos, perros y peatones. Cuando voy en mí auto y freno para que alguien pase, es aterrador ver como las personas que van en sus vehículos detrás de mí se desesperan, pitan y vociferan como si yo estuviera dejando pasar la oportunidad de aplastar a unos cuantos.

Definitivamente parece existir una epidemia de rabia entre los que nos ponemos detrás de un volante, listos a putear en cualquiera de los cuatro puntos cardinales, con unas habilidades sorprendentes para bajarnos del auto antes de que este se detenga totalmente, confrontar al enemigo del momento, cerrar y frenar para provocar a quien osa pitarnos, hacernos luces o adelantarnos.

Ojalá desarrolláramos con la misma intensidad habilidades en el trato a los demás, el respeto por las normas, por las señales, la cordialidad y el dejar pasar primero como parte esencial de nuestro diario vivir.

Luego del desagradable momento vivido con esa madre, quien, sin proponérselo, se convirtió en una piedra en el zapato para una decena de conductores y la enemiga pública de las calles de mí barrio, seguí mí ruta respirando profundo y haciéndome la promesa de no dejarme alterar por estas “pequeñas” formas de violencia.

Entré al articulado de transmilenio y me dirigí al centro del mismo. Al momento, ingresaron una joven con un bebé de brazos y una señora bastante mayor que a duras penas podía sostenerse. Vaya sorpresa cuando las personas que iban sentadas hicieron caso omiso a las recién llegadas y un hombre de unos 40 años que ocupaba una de las sillas azules cayó en un sueño profundo e instantáneo.

Una vez más me metí donde no me estaban llamando y le pedí a la gente que cedieran sus sillas para la joven madre y la anciana, traté de poner la voz más gruesa de lo normal y asumir una actitud casi de skinhead (por lo calvo únicamente) encorbatado. Finalmente dos señoras se levantaron ante la mirada casi burlona de los “caballeros” que tranquilamente conservaban sus puestos como si de un premio se tratara. 

Me puse mis audífonos y escuché a Bob Dylan y la Grateful Dead en vivo para eliminar cualquier mal sentimiento o sensación negativa, 15 minutos después procedí a bajar del articulado, las puertas se abrieron y una turba de gente malhumorada se abalanzó para ingresar sin importar que algunos necesitábamos salir. Entre empujones, alegatos y el triunfo de la fuerza bruta, conseguí salir junto a los demás.

Emprendí la caminata hacia mi oficina contemplando el azul de un cielo despejado que dibujó una sonrisa en mi rostro. Llegué al round point de la calle 100 con carrera 15, donde ya divisaba mi oficina y me disponía a cruzar por la salida que de la novena conduce a la 100, una vía estrecha y en la que los vehículos tienen que hacer el pare obligatorio. En ese momento, un hombre en un Mercedes Benz último modelo decidió mandar su carro contra unos jóvenes que ya iban por la mitad de la vía.

No sé que fue peor, sí el acto irracional del conductor del auto que casi toca las piernas de los transeúntes o la reacción de los mismos que sin tomarse un sólo instante para discutir sobre el asunto rodearon el vehículo cogiéndolo a patadas mientras el personaje al volante aceleraba angustiado para evitarle mayores daños a su valioso vehículo.

Finalmente crucé la puerta automática del edificio y salude con afecto al portero, pese a todos los inconvenientes había logrado llegar sano y salvo a mí puesto de trabajo, con la esperanza de encontrar a mis amigos y compañeros, a mí equipo con el que me puedo reír de la vida y olvidar que parecemos estar en un campo de batalla permanente.

Como pueden ver y aunque parezca un relato lleno de fantasía, casi macondiano, en un lapso de 35 a 40 minutos de esta semana, o tal vez de la anterior, tuve que vivir lo que ya para muchos es algo cotidiano, algo con lo que intentamos ser indiferentes y le restamos importancia, tuve que vivir un día de furia, de la furia bogotana.