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miércoles, 2 de mayo de 2012

La Colonia


Cada año celebramos nuestra independencia del yugo opresor que los españoles tenían sobre nuestro pueblo, festejamos las grandes gestas de los caudillos de entonces que lograron sacar a esos malandros ibéricos enfermos de poder y cegados por la fiebre del oro.

Mucha agua ha corrido desde entonces y pese a no tener ejércitos españoles, ni virreyes con pelucas blancas caminando por nuestras calles creo que no podemos considerarnos del todo un pueblo independiente y libre como tanto se pregona. 

Las riquezas siguen concentradas en unos cuantos, las decisiones las toman esos mismos utilizando a otros para “validar” el hecho de que estas parezcan democráticas. La justicia es selectiva y se aplica de acuerdo al estatus de la persona. La escala salarial es injusta y el salario mínimo hace que la esclavitud sea un concepto simplemente camuflado.

Nuestros gobernantes parecen más afanados por lograr el reconocimiento del primer mundo y trabajan buscando que las normas y regulaciones sean del agrado del país de las 50 estrellas, seguramente buscando convertirse en la 51.   

Las empresas extranjeras hacen y deshacen en el territorio nacional con total complacencia de los gobernantes de turno a sabiendas de la explotación que realizan de nuestros recursos, mano de obra y de la destrucción que dejan por donde pasan.

Celebramos al recibir la visa para visitar algún país del norte o europeo como si alcanzáramos un sueño o fuéramos el orgullo de nuestras familias, la idea de trabajar en un valet parking, McDonald’s, Wallmart, un restaurante o un Hotel supera cualquier esfuerzo realizado durante la universidad por alcanzar el título de profesional.

Tener un jefe que a duras penas superó el high school pero con unos ojos tan azules como el atlántico visto desde la ventanilla del avión que nos lleva al lugar donde los sueños se hacen realidad, es un aliciente más para huir de la tierra que nos vio nacer.

Utilizar una prenda con la banderita de Tommy, el jinete de Polo, la babilla de Lacoste, o los logos de Dolce y Gabbana, Armani, Versace, Gucci, DKNY son otra muestra de nuestra entrega a las culturas más avanzadas y de nuestra necesidad de rendir pleitesía a un capitalismo extremo en el que los logros se miden de acuerdo a nuestra capacidad de consumo.

Lloramos viendo una boda real, sufrimos con los partidos del Barcelona y el Real Madrid como si hicieran parte de nuestra sociedad, tomamos bandos y generamos debates que ni en España se dan sobre Mourinho y Guardiola. Opinamos sobre el derby como si alguien en la madre patria le importara lo que pensamos.

Me pregunto cuántos españoles se trasnochan para ver un Santafé-Millonarios o cuántos debaten sobre la continuidad de Páez y Gutierrez al frente de los equipos. Cuántos norteamericanos se acuerdan de su visita a los centros comerciales de Bogotá de la misma manera que muchos celebran un día de “shopping” en Aventura.

“No me de trago extranjero que es caro y no sabe a bueno, porque yo quiero siempre lo de mi tierra primero”, cantamos a todo pulmón mientras reproducimos el tema desde el Ipod, Ipad, Iphone o cualquier otro dispositivo que nos cambió la vida y nos convirtió en dependientes de lo Smart (smartphone, smartbuilding, smarthome, etc).

Vamos a terminar celebrando San Valentín, San Patricio, acción de gracias, San Fermín, el día de los veteranos y porque no el 4 de julio. Hace rato disfrutamos de los happy hour, sales, shopping, after party, wings, agencias de PR, coffee breaks, desserts y tantas otras maravillas de la globalización, misma que seguramente hace que en las calles de Paris, Londres o Nueva York sus habitantes utilicen expresiones como bacano, chévere y no jodas.

En fin, solamente me quería preguntar si alguna vez dejamos de ser colonia o simplemente decidimos aumentar el número y la variedad de colonizadores.

miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Colombia entre los países más felices del mundo?

Desde hace algún tiempo ésta pregunta ha venido rondando en mis pensamientos. En el mundo nos reconocen como un país alegre que, seguramente por la cantidad de fiestas, carnavales, reinados, festivales y diferentes eventos culturales, da la impresión de vivir en un estado de celebración perpetua.

Cuando salgo a la calle, conduzco mi auto, tomo un transporte público, entro a un banco o hago la fila de un supermercado, me cuesta encontrar esa alegría en nuestra gente. Por el contrario, veo una actitud continua de rabia, frustración e inconformismo en gran parte de mis conciudadanos quienes parecen estar listos para atacar o defenderse de acuerdo a las circunstancias.

Mientras el país celebra diferentes carnavales con ríos de dinero de los presupuestos departamentales y locales para la realización de los mismos, otras zonas sufren el acuartelamiento de sus habitantes en sus casas (ranchos, tugurios, chozas), esperando con temor un desenlace no tan trágico y elevando plegarias para que en esta ocasión no sean ellos las víctimas de lo que está ocurriendo en sus calles.

Paros armados, acoso por parte de grupos al margen de la ley, volantes con amenazas, homofobia, en fin, todo aquello que refleja el desajuste de una sociedad confundida a la cual le han querido vender la idea de que los problemas no son de todos sino de quien los padece.

Por eso hoy vemos cómo, mientras en países del primer mundo se cancela un evento sin importar su magnitud como acto de solidaridad con las víctimas de una tragedia, el asesinato de alguien o un atentado, en Colombia ofrecemos nuestra solidaridad en medio del ruido de orquestas, bandas, reinas y un pueblo volcado completamente a su prioridad: la rumba.

Que el Chocó este sitiado amerita cinco minutos de noticiero, los premios X, Y y Z para la farándula nacional fácilmente pueden llevarse media hora del mismo. Por supuesto nuestra farándula no tiene la culpa de esto, si bien es cierto algunos venden una imagen carente de valores y de una superficialidad digna de un estudio científico, simplemente son el producto de lo que el país promueve.

Al final, tenemos lo que nos merecemos, nos aterramos por las imágenes de niños y jóvenes destruyendo la ciudad, acabando con el patrimonio de todos, patrocinados por voceros incendiarios que odian a un alcalde por no tener el linaje de la gran estirpe bogotana, los criticamos cuando hemos sido cómplices de la promoción de todo tipo de antivalores a través de nuestros medios, de nuestros actos.

Promovemos la belleza de la mujer basada en la perfección (tetas como globos de helio y culo vulgar o el extremo de la anorexia), la importancia de un hombre seguro de sí mismo gracias a lo que viste y al auto que maneje (jamás nos veremos como Clooney). La dependencia de un teléfono inteligente el cuál sea acorde con nuestra personalidad (alguien tiene que ser inteligente, si no el dueño por lo menos el teléfono). La importancia de conseguir lo que queremos sin importar los métodos (El Rey Caído).

Tenemos decenas de ex funcionarios públicos del gobierno anterior investigados, en procesos, huyendo. Un ex presidente incendiario que sigue pensando que es el caudillo que el pueblo necesita. Un ex vicepresidente que dirige la segunda cadena radial noticiosa en importancia del país generando opiniones cantinflescas, siendo el hazmerreír de la profesión.

Hoy a quienes nos ponen en esas listas mundiales de los países más alegres y felices les pregunto ¿no sería bueno que pasaran una temporada en el país antes de hacer esas clasificaciones? El que los gobernantes le den opio al pueblo para mantenerlo alienado no significa que tengamos muchos motivos para celebrar.

Amo a mi país y disfruto sus parajes, la cordialidad de su gente y de sus regiones y comparto esa frase manida que reza: los buenos son más. Sin embargo, los buenos no se pueden quedar en silencio y tienen que reflejar esa bondad en la solidaridad con los demás, en la preocupación por construir una sociedad más justa en la que nos importe lo que le pasa al vecino.

Ser alegres no es reírnos en medio de las tragedias, no confundamos las cosas. Somos un país de gente optimista pero también indiferente. No pretendamos desconocer la realidad hasta el día que toque a la puerta.

jueves, 23 de febrero de 2012

¿Usted no sabe quién soy yo?

Con esta pregunta, miles de colombianos cuya mente gira en torno a su “posición social” o al “linaje” de su familia, buscan intimidar, en restaurantes, almacenes, bares, discotecas, universidades, colegios y otros escenarios, a quien se interpone en su camino o simplemente pretende actuar bajo las normas mínimas de comportamiento en nuestra sociedad.

Es así como, diariamente, nos topamos con alguno de estos especímenes criollos que, en su atrofiada mente, se consideran especiales y para quienes la inteligencia, el respeto y la convivencia son conceptos desconocidos. Me contaba un gran amigo que tuvo la oportunidad de dictar clase en dos de las más prestigiosas universidades de la capital colombiana, como algunos de sus alumnos utilizaban este método de intimidación al recibir la calificación de sus trabajos o evaluaciones.

¿Usted no sabe quién soy yo? ¿No sabe con quién se está metiendo? ¿No sabe quién es mi papá? interrogantes que mi amigo tuvo que enfrentar, todos sin ninguna respuesta en concreto pero si con algunas teorías.

Sobre la primera pregunta ¿usted no sabe quién soy yo? por lo general es la forma de expresar, por parte del sujeto, su frustración por no saber quién es, es la permanente búsqueda de la respuesta en alguien más, una respuesta que lo oriente y le permita descubrir su razón de ser. Al final, las respuestas que encuentra no son las esperadas y termina descubriendo que es un ser desagradable, estúpido y rechazado, hijo de alguien que le ha sabido transmitir esto genéticamente.

El segundo cuestionamiento ¿no sabe con quién se está metiendo? es un poco complejo. Suena a amenaza de escolta, policía, militar, traqueto, esmeraldero, chulo, actor, presentador o cantante. Cualquiera de estas posibilidades debería generar algo de temor en quién recibe la pregunta pero por lo general terminamos sin saber con quién nos estamos metiendo y alguna niña con senos talla 36 c se termina llevando al personaje aduciendo que los demás no valen la pena.

La tercera pregunta ¿No sabe quién es mi papá? es en teoría más fácil de contestar aunque a veces si se le realizara el cuestionamiento a la madre del sujeto podría resultar algo compleja. Por lo general el papá de este personaje es alguien que ha hecho tanto daño al país, a la ciudad y a la sociedad que uno termina entendiendo el porqué del tono amenazante del malcriado y su afán de reconocimiento.

Estos desagradables personajes que pululan en nuestras ciudades son el producto de lo que nuestra sociedad ofrece a través de sus medios, del dinero fácil y del abuso de poder que profesan nuestros líderes y gobernantes. Nuestros niños encienden un televisor y se encuentran con el fracasado que como jurado de algún programa humilla, ofende y determina la condición de otra persona, aprovechando su buena suerte que le ha servido para triunfar sin ningún tipo de esfuerzo.

Cambia de canal y se encuentra con un cuadro similar, diferentes personajes, mismas humillaciones, menos talento. Ve los noticieros y los únicos valores que recibe son los del dinero fácil, la importancia de ser bello y lo innecesario que es el prepararse.

En fin, no podemos esperar más de las personas que se acostumbraron durante los últimos 9 años a conseguir las cosas pasando por encima de los demás, a ganarse un falso respeto produciendo temor en quienes los rodean. Personas que de la noche a la mañana pasaron de vivir en condiciones casi por debajo de lo básico a vivir con dinero de sobra sin importar su procedencia.

Vivimos en una sociedad donde el que tiene impone y el que no tiene vive en función de alcanzar ese estado. Nuestros valores están trastocados hace tiempo y la amenaza y el bullying son nuestro pan de cada día sin importar edad ni escenario.

No nos queda más remedio que seguir viviendo con estos tres interrogantes que en algún momento tendremos que afrontar y lo mejor será conservar nuestras buenas maneras y hacer caso omiso del personaje, esto con el fin de no arriesgar nuestras vidas sin necesidad.

martes, 3 de enero de 2012

Ferias y fiestas, diversión de otro mundo (¿o del tercer mundo?)

Hace dos semanas el país lloraba como consecuencia de las tragedias ocasionadas por una de las peores temporadas invernales de la historia. Cientos de miles de víctimas, barrios completamente destruidos, escases de alimentos y todo tipo de escenas desgarradoras se veían a diario.

Pese a este panorama triste y aterrador, las diferentes gobernaciones y alcaldías de la gran mayoría del país tenían algo más importante en que ocupar sus recursos y su tiempo: los carnavales y las ferias.

¡Si señor! Somos un país de carnavales, ferias y reinados, muchos de ellos considerados patrimonio histórico de la humanidad. Lo nuestro no es la tecnología ni las artes (con contadas excepciones), lo nuestro es el chupe, la rumba, el descontrol, los disfraces y todo lo que implique mostrarle al mundo lo que somos: una raza que conserva sus tradiciones.

Ahora, vale la pena aclarar que son las tradiciones orientadas a la rumba y el color porque por lo demás nuestra única preocupación es llevar una vida de europeos con costumbres norteamericanas en medio de la debacle económica y social de un país sin identidad.

“Es que nuestros ancestros celebraban el carnaval para integrar a todas las clases” asegura la reina del evento mientras contesta su IPhone o revisa su IPad, ingredientes nuevos dentro de esas tradiciones.
Es hermoso ver a tantas niñas con el sueño de participar en un reinado, no importa si es el de la uchuva o el de la remolacha, lo importante es cumplir con ese sueño y luchar por la paz del mundo (además de presentar alguna sección de farándula) desde esa posición privilegiada.

Caballos de paso, fiesta taurina, grandes orquestas, la siempre reconocida alta sociedad del país observando al pueblo hambriento y desesperado desde sus palcos. Un cuadro que ni Goya habría podido retratar con tanta crudeza. Miles de millones invertidos en el opio de cada región.

El problema viene cuando todo este circo crónico y enfermizo termina, los pueblos vuelven a su rutina, el país sigue su involución, el desempleo aumenta, las carreteras colapsan, el narcotráfico sigue su expansión, el invierno regresa y no se han tomado las medidas de prevención.

Pero tranquilos, por esta misma fecha el siguiente año hay algo seguro, tendremos fiestas, carnavales y reinados.